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Desarrollo del Talento y Disfrute del Juego

 

por Gotzon Toral (Esp) < cyptomag@lg.ehu.es >

 

 

Disfrute y depresión del fútbol

La temporada pasada todo el mundo se hacía lenguas del sorprendente éxito de la Real Sociedad. Aunque el discreto Denoueix no se prodiga en declaraciones, al final confió la fórmula de su pócima mágica. Este es el revulsivo utilizado para sacar a su equipo de la amenaza del descenso, llevándolo más allá de las estrellas del Real Madrid: Nuestro fin no es el éxito, sino perseguir el placer por el juego

Así se las gasta el druida galo y a fe que ha conseguido transformar un equipo a la deriva en un conjunto campeón. Y todo de un día para otro, de una temporada a la siguiente. Al periodista aquello le pareció una extravagancia y puso sus declaraciones en cuarentena: Los mensajes de Raynald a los jugadores parecen clases metafísicas.

Verdad es que suena un poco grandilocuente –maltratado, a buen seguro, por una traducción que no le hace justicia– pero, si bien se mira, este nuevo credo, más propio de un monje zen que del entrenador al uso, tiene la virtud de poner el fútbol en su sitio, apartándose de la presión ambiental y devolviendo al juego lo que es suyo: Disfrutar jugando, o dicho a la manera del francés: Se faire plaisir et faire plaisir.

Acostumbrados al discurso más orgánico que se estilaba aquí –tener lo que hay que tener, pelear a muerte y otras lindezas con denominación de origen– el desafío de Raynald Denoueix puede sonar a chino, pero cada vez se escucha con más fuerza el mismo o parecido reclamo. Hay expresiones que resumen el espíritu de una época, y esta da cuenta del hedonismo de nuestras sociedades posmodernas, a la vez que sirve de terapia para sobrevivir en esta hoguera de las vanidades.

Los deportes olímpicos de invierno –de carácter individual y sin el peso de una recia tradición exclusivamente masculina– han avanzado más en la preparación de los deportistas. En las pistas de nieve se difundió, a principios del pasado año, la nueva doctrina a la que se encomienda la élite del deporte mundial, como quien se agarra a un clavo ardiendo. En Salt Lake City, los medallistas de los Juegos de Invierno proclamaban con júbilo el placer que experimentaban haciendo lo que más les gusta. Ya no buscan sólo superar sus propios límites. Lo primero que quieren es sentirse a gusto. El resto, la victoria, vendrá por añadidura decía el cronista del diario francés Le Monde.

Esta filosofía minimalista ha prendido con sorprendente rapidez, a pesar de la desmesura en que viven las estrellas del deporte. O quizá precisamente por ello, como bálsamo para apaciguar un ambiente tan estresado que, de tanta especulación financiera y futbolística, estaba olvidando el factor humano que está en juego.

Por aquellas mismas fechas comencé a coleccionar entrevistas con estos superhéroes del deporte que, curiosamente, empleaban el mismo o parecido  juramento:

  • Lo único que quiero es disfrutar en el campo. Julen Guerrero
  • Heynckes pedía a sus jugadores que disfruten frente al Barcelona. Con presión no vamos a poder jugar bien. Y añadía Es necesario estar a tope desde el principio, pero también con ganas de jugar bien al fútbol. Esto es un deporte y hay que tratar de disfrutar.
  • Y, como no, Huracán Beckham, Lo único que quiero es jugar al fútbol al lado de todos esos futbolistas maravillosos. Esa es mi pasión.
  • O Ronaldo: El primer día tras el fichaje por el Madrid volvió a lucir su sonrisa cuando comentó lo encantado que estaba con su equipo, después de ver el encuentro contra el Espanyol: Mirando el partido he pensado para mí mismo: ¡Aquí me voy a divertir muchísimo!
  • También Ricardo, portero del Manchester: Calmo los nervios pensando que tengo que salir a disfrutar
  • Diviértete es el mejor consejo que le han dado nunca a Raúl. Se le dijoValdano
  • Hasta el Bayern, equipo germánico prototipo de máquina total, ha cambiado su estilo: Hemos cambiado la forma de jugar, reconoce Salihamidzic; ya no nos saltamos el medio del campo con balones largos. Alegría y diversión. Eso son los secretos, presume Karl Heinz Rummenigge, director del club bávaro.

Son demasiadas coincidencias para despachar este auténtico clamor como si fuera una moda pasajera. Los ecos de la nueva mentalidad desbordan  el marco de la alta competición deportiva, convirtiéndose en llave maestra para la gestión y optimización de recursos humanos en las empresas más competitivas de todo el mundo. Así en Oriente como en Occidente.

Un actor consagrado de la talla de Al Pacino, explicaba el complicadísimo reto –por momentos angustioso– que supone para una estrella del espectáculo afrontar constantemente nuevos retos y brillar siempre a la altura que de él se espera: Todo es un reto de una clase u otra. Es un reto levantarse, dejar a una familia atrás e ir a distintas partes del mundo, y hacer una película e intentar que determinados personajes cobren vida. Eso sigue siendo un reto. Es eso, el esfuerzo. Si uno se emociona con algo, las cosas suelen resultar un poco más fáciles. Si uno se entusiasma, las cosas empiezan a encajar. Pero lo difícil es encontrar el entusiasmo, ese es el reto.


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 La Búsqueda de la Excelencia :  una Experiencia de Flujo

La raiz griega de la palabra entusiasmo significa la divinidad dentro de ti. Aristóteles llamó Eudaimonía al secreto de la vida buena, consistente en descubrir lo que más te gusta y aplicarse a ello para ser feliz y dar lo mejor de sí. Howard Gardner, autor de la Teoría de las inteligencias múltiples, ha estudiado la especial aleación de la que están hechos los talentos más sobresalientes en distintas profesiones. Son gente muy diferente, pero tienen una cosa en común: además de una indudable destreza en su oficio, todos aman profundamente lo que hacen. De esta manera pueden expresar lo mejor de sí y a ello se dedican en cuerpo y alma, con excepcional armonía y verdadero deleite. Gardner cuenta que no les mueve la fama, el éxito o el afán de riqueza, sino la oportunidad de disfrutar haciendo lo que más les gusta.

Otro psicólogo social, M. Csikszentmihalyi ha acuñado el concepto de experiencia de flujo para referirse a esta vivencia placentera que llega a sentir quien acepta de buen grado un reto atractivo y equilibrado, es decir, ni angustioso porque está fuera de su alcance, ni tan repetitivo que llega a ser aburrido.  Fluir es dejarse llevar mientras uno está absorbido en lo que más le gusta, afrontando un desafío muy apetecible, con las ideas claras, y los cinco sentidos puestos en la tarea. Excitado por los riesgos que conlleva este reto, el individuo talentoso se mueve con extraordinaria soltura, haciendo fácil lo que resulta más que difícil a los demás.

Sin este intenso aprecio por la tarea, la experiencia deja de ser placentera y los resultados son desiguales. Pasa lo mismo con el apetito y la comida: sin apetito no se disfruta de los mejores manjares. Pero cuando la cabeza y el corazón están en sintonía, y las habilidades están a la altura del desafío, entonces todo marcha a las mil maravillas. Saber, querer y poder caminan juntos, en armonía, convirtiéndose en el mejor combustible a disposición del ser humano para sacar lo mejor de sí

Cuando se ven las cosas de esta manera, se descubre una extraordinaria vía de escape para liberarse de la presión cada vez mayor que afecta a toda actividad profesional, especialmente en el más alto nivel competitivo. Esta presión sostenida e incontrolada, así como el esfuerzo físico y mental sobrehumano que se exige para ganar como sea, puede obsesionar al más pintado, alejándole de sus mejores aspiraciones, y empujándole a un círculo vicioso que puede llevar a la depresión.

También sucede en el deporte: El exceso de presión origina la depresión del fútbol. Marcelo Roffé lo explica en un libro reciente del mismo título. Los profesionales se la juegan un día sí y otro también. Encadenar tres resultados negativos puede ser la distancia que separa el cielo del infierno, y acaban paralizados por lo que se les viene encima. En un ambiente cada vez más eléctrico, todo se dispone para no perder en el campo y, con tanta ansiedad, se pierde la alegría necesaria en el juego.

Cuando sólo parece importar el éxito inmediato y todo vale para ganar, se sacrifica la lógica deportiva y el placer de jugar, de manera que los jugadores tienen que cambiar el chip. La relación con el equipo es cada vez más frágil y se devalúa reduciéndose al interés puramente económico. Se les mete prisas por todas partes y se hacen más impacientes. Mudan de club y de proyecto deportivo con facilidad, disolviendo los lazos afectivos que producían antes una fuerte identificación del grupo. Su compromiso se debilita, están a otra cosa y pueden perderse en vericuetos que poco tienen que ver con el juego.

Que nadie entienda la experiencia de flujo, disfrutar jugando, como si fuera una licencia inaceptable para la alta competición. Por el contrario, esta experiencia absorbente exige total entrega y dedicación a los retos planteados, habiendo demostrado su eficacia para rendir al máximo en un entorno hipercompetitivo. En lugar de meterles el miedo en el cuerpo y angustiarles con mensajes paralizantes, se les pide total concentración en lo mejor que ellos saben, quieren y pueden hacer para que así desempeñen su tarea de la mejor forma posible. Parafraseando a Juan Cueto, tal y como se han puesto las cosas no hay otra: o echar mano de esa extraordinaria reserva de motivación interna, o acudir a la farmacopea.

Denoueix no les dice a los jugadores que disfruten sin más: sus palabras favoritas son también estabilidad, disciplina, esfuerzo y constancia. Si no se vuelcan en el juego, si pierden el atrevimiento, no pueden estar a tope. David Goleman tampoco se anda con rodeos: El estrés estupidiza a la gente. Y eso es lo último que se espera de un jugador que debe improvisar rápidamente soluciones a las situaciones imprevistas que se le plantean. Pero veamos los demás nutrientes que favorecen el desarrollo del talento en el deporte y en cualquier ámbito de la actividad humana:

  • Es un proceso a largo plazo. Antes se entendía el talento como una especie de don gracioso que se tenía o no había nada que hacer. Sin embargo, el asunto es más complicado: a través de la práctica informal y/o mediante una preparación sistemática, se puede despertar y desarrollar todo el talento de un individuo. Y viceversa, despilfarrar su talento sin la estimulación adecuada. Gardner ha patentado la regla de oro de los diez años, por la cual todos los genios han producido sus obras maestras después de una década de intenso esfuerzo y dedicación.
  • Saber hacer, querer hacer y poder hacer sustentan la parte más visible de esta ecuación, aportando una imprescindible fuente de conocimientos, habilidades, así como la motivación óptima para estar al ciento por ciento.
  • Un contexto cultural y organizacional facilitador. La primera tentación es captar talentos en lugar de formarlos. Ficharlos en lugar de dar confianza a tu equipo, y prepararlo mejor. Parece más fácil, pero a la larga resulta más caro, y el destrozo de recursos humanos puede ser irreparable. Los equipos excelentes, como las empresas, se caracterizan por adoptar estructuras organizativas inteligentes, más que por la acumulación de muchos talentos. Sistemas que faciliten la cooperación y armonía en torno a unos objetivos claros, promoviendo una comunicación fluida.
    La adaptación de un talento a un sistema incompetente lleva tiempo y desperdicia sus mejores recursos en esta tarea, de ahí que resulte más eficaz organizar sistemas inteligentes. Junto a la necesidad de captar talento, no debe olvidarse la condición fundamental que es una estructura que favorezca el desarrollo y evite el despilfarro. A propósito de una comparación demoledora que nos trajo de cabeza la pasada temporada en Bilbao, deberíamos convenir que funciona mejor un Ferrari atendido por un conductor sensato que un utilitario en manos de un genio de la Fórmula 1.
  • El aprendizaje creativo, al igual que la innovación constante, siempre fue un carburante imprescindible para prosperar en este recorrido laberíntico. Ahora lo es aún más, dada la exigencia permanente de adaptarse a un entorno cambiante. Ya en la Grecia Clásica, Sócrates buscaba también la excelencia en el aprendizaje de sus discípulos, y para ello no veía mejor manera que tratar por todos los medios de que pensaran por sí mismos, preguntando, sin darles todo hecho.

Pues bien, hace apenas un año publicábamos en la revista Gure Sport un artículo sobre el fútbol base que titulamos El mundo al revés: mientras se pide a los adultos que disfruten como niños para ser campeones, a los niños se les exigen sacrificios propios de los adultos como si les fuera la vida en ello. Supuestamente para ser más competitivos.

Todo el estrés que la elite del deporte profesional quiere sacudirse de encima para recuperar la armonía necesaria, amenaza ahora a los niños desde bien pequeños. En lugar de ayudarles a descubrir los secretos de este juego como si de una maravillosa aventura se tratara, se les aplica una especie de tercer grado, repitiendo mil y una rutinas, paralizándoles con mensajes intimidatorios. Un contexto disuasorio para el desarrollo del talento que parece perseguir más bien el objetivo contrario: la inhibición o la expulsión del talento del fútbol base.


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 La Conjura de los Necios.

Es de creer que se ha desatado una auténtica conspiración organizada desde la más tierna infancia para jugar con los niños e impedirles que jueguen, disfruten, y aprendan. Y no hay atajos para que crezcan, maduren en todos los sentidos, y descubran lo mejor de sí. Cruyff también ha advertido acerca de este disparate: Es importante tener entrenadores que contagien la alegría y el amor al arte, no los aspectos menos agradecidos y sacrificados del juego, sino su lado más luminoso y estimulante. Sin embargo, el objetivo parece que fuera otro bien distinto cuando, por medios tan insensatos, se busca acelerar la puesta a punto de estas criaturas:

  • Como si el juego fuera una pérdida de tiempo. Cuando vemos que es justo al revés, siendo este y no otro el mejor modo de rendir al máximo y una exigencia cada vez más perentoria en la competición al más alto nivel
  • Como si prepararse para el fútbol fuera una condena, y su disfrute estuviera bajo sospecha. Cuando sabemos que lo uno es condición de lo otro
  • Como si todo fuera de un día para otro, cuando este proceso de maduración y crecimiento profesional requiere un desarrollo equilibrado, es decir, retos a la altura, y a lo largo de un periodo de tiempo más largo

Es evidente la torpeza de un sistema supuestamente formativo, es decir, con las miras necesariamente puestas en el largo plazo que, sin embargo, reclama beneficios inmediatos para que todos los intermediarios puedan redondear con éxito su cuenta de resultados. El medio se convierte en un fin en sí mismo. Así las cosas, en lugar de darles confianza y animarles para que improvisen distintas soluciones, les cortan las alas. La estructura del fútbol base enloquecida por las prisas, no parece el espacio idóneo para comunicar sus metas y alimentar la ilusión del menor :

  • Pone en peligro la adopción de hábitos de vida activos y saludables, comprometiendo la continuidad en el deporte
  • Se muestra incompetente a la hora de prepararles para competir y alcanzar el máximo rendimiento.
  • Pasa por alto el potencial de, al menos, la mitad de la población, que tiene serias dificultades para abrirse paso en la práctica del fútbol femenino.

Tanto estrés desanima a cualquiera, y es impresentable en las edades tempranas. En lugar de ayudarles, se puede torcer su ritmo natural de aprendizaje, hecho a partes iguales de tiempo, diversión, esfuerzo y una adecuada orientación. Este régimen de comida rápida acelera el desarrollo de manera artificiosa, pero en lugar de ponerles las pilas termina por fatigarles y expulsarles del deporte. No parece un menú equilibrado :

  • Calendarios de competición y normas fuera de lugar. A la edad de 10 años pasan a jugar federados en equipos de 11 jugadores, en campos de las mismas dimensiones que los adultos, utilizando idénticas porterías. Se pierden en el campo, se van del juego, tocan el balón lo menos posible etc.
  • Al mismo tiempo se ven obligados a manejarse con móviles de similar tamaño y peso al que utilizan los adultos. Además de obstaculizar el juego y dificultar el golpeo de cabeza, un grupo de investigadores ingleses demostraba en la Revista Británica de Medicina Deportiva que estos balones inadaptados son responsables de la mayoría de las lesiones de muñeca en porteros niños y jóvenes.
    La Revista Británica de Medicina Deportiva publicaba en el 2001 los resultados de una investigación realizada durante 17 meses en un hospital de Nottingham, tras analizar 29 casos de lesiones de porteros en edades comprendidas entre los 6 y los 15 años que habían sufrido fracturas de muñeca, específicamente del llamado radio distal. En 12 de los 15 casos examinados en los que el paciente era un niño menor de 11 años, la lesión se produjo en el momento de parar o despejar un balón de talla grande o adulta. De los 10 casos analizados entre niños de 12 y 15 años, sólo una de las lesiones se produjo mientras paraba un balón de talla junior.
  • A esta misma edad se impone otro mensaje devastador: la imposibilidad de hacer más de 5 cambios en cada partido, es decir, al tiempo que se doblan las dimensiones del campo de juego, se limita de forma drástica la posibilidad de que todos jueguen el tiempo necesario para que se animen y mejoren sus habilidades
  • La selección es prematura y discriminatoria dado que no tiene en cuenta los distintos ritmos de maduración. Muchos vienen jugando en equipos de fútbol desde los seis años y, al poco, han comprobado que algunos salen siempre, y, los que más necesitan aprender, son los que más tiempo pierden en el banquillo.
  • Esta inadaptación de los ritmos y las normas ha discriminado especialmente a las niñas, marginando el fútbol femenino. Su tradicional exclusión en la práctica de este deporte, las ha privado del disfrute de este juego, echando por tierra un montón de sueños y realidades que son evidentes en otros lugares y disciplinas deportivas.
  • A los fichajes millonarios de superdotados desde los 12 años, se sucede por imitación el trasiego de niños de un equipo a otro, incluso en los niveles más modestos del fútbol de barrio. Las llamadas de otros clubes ¡desde los seis años! desestabilizan a todos los jugadores, comprometiendo cualquier planificación personal y del propio equipo.
  • La especialización muy temprana en un puesto o modalidad deportiva para atender las urgencias de la competición, en lugar de enriquecer su experiencia, limita al jugador. Es demasiado pronto para decidir lo mejor que puede llegar a ser nadie. A la larga, tampoco favorece ni su desarrollo motriz, ni la comprensión del juego, ni la polivalencia cada vez más necesaria en este, como en cualquier otro ámbito de la actividad humana.
  • En los campos de juego, cada vez son más frecuentes los excesos en los comportamientos de algunos adultos que, llevados por un arrebato de pasión, o de celo, o vaya usted a saber por qué, se pasan de largo. Como aquel que les inicia en esa especie de maldición bíblica según la cual, o pasa el jugador o pasa el balón, pero en ningún caso han de cruzar los dos juntos.
  • Los entrenadores no son formadores, no están preparados para facilitar el aprendizaje de los niños y terminan siendo también rehenes de este ambiente hipercompetitivo. A ellos también se les pide cuentas, de manera que el afán por escalar los puestos más altos de la clasificación y justificar su labor determina la actuación en los entrenamientos, cambios, descartes, juego, actitudes…Y terminan con el estrés de un equipo de la máxima, trasladando su ansiedad, partido tras partido, a los propios jugadores
  • A todo esto se pone un precio: tarifa por entrenar, por acudir al partido.... Cada vez son más los campos en los que hay que pasar obligatoriamente por taquilla para acompañar y animar a tus niños. Fútbol de pago desde los diez años.

Quizá haya que aplicar una ducha escocesa en los vestuarios y fuera de ellos para insistir en lo que es obvio: se aprende más fácil, de manera más eficaz, cuando se alcanza el nivel de madurez adecuado para el reto que se plantea. Siendo esto así, cabe preguntarse por qué se hace oídos sordos, insistiendo contra toda evidencia en el mismo cuello de botella que conduce a la impaciencia, la ansiedad y el desánimo. Y donde el talento excepcional sólo puede crecer a trompicones y muy  a su pesar:

  • Quizá la explicación de esta fe ciega en lo que hacen los demás, y el desprecio de una experiencia larga en hechos, tiene que ver con la histeria desatada en el fútbol profesional. En ningún caso es fácil ir contra la corriente, y menos aún cuando se trata de un negocio de proporciones tan excesivas. Hay demasiada presión, o vanidad en juego, y la apuesta se hace de un día para otro. De domingo a domingo. En estas situaciones se impone el instinto gregario: Todo el mundo lo hace así. Sin proyecto propio ni apenas tiempo, con menos recursos y más competencia que nunca, funciona el miedo. Los expertos analizan estos movimientos irracionales, explicando el comportamiento en manada por la codicia y/o el miedo a perder una oportunidad de oro: las consecuencias de equivocarse solos se ven peores que las de hacerlo al amparo de la mayoría.
  • La puesta al día, la búsqueda de la calidad y la planificación tropieza en este gremio con una larga tradición informal, de carácter autodidacta. Pero muy apegado también a la chapuza y a la inercia dando muestras de una arraigada tendencia a continuar una actividad sin introducir cambios que supongan un esfuerzo.
  • El aumento de los profesionales del tirón. La presión por extraer jugadores nuevos y los números que hay en juego alimentan un mercado insaciable que trastorna el crecimiento profesional de estos jugadores. Desde muy jóvenes pueden caer en manos de estos profesionales del tirón, que especulan con su valor y venden lo que sea para sacar su comisión. Horas antes de conseguir la Copa América al frente de la selección colombiana, Francisco Maturana señalaba hacia dónde va el fútbol: Hacia el negocio: Es más el ruido que el contenido futbolístico. Con un problema: Europa no deja terminar de crecer a los jugadores. Deja sólo en gran jugador lo que  pudo ser una gran figura. Antes había mejores jugadores. Tenían un proceso natural de crecimiento. Ahora es muy artificial, crecen a empujones y titulares.

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 Una Formación Integral de Calidad

Muchos entrenadores se obsesionan con lo que enseñan, ignorando lo que realmente aprenden los jugadores. Así pierden de vista el objetivo principal: que aprendan por su cuenta más y mejor. Así lo cuenta Dany Ramos, entrenador argentino y trabajador infatigable del juego en el fútbol base del Calcio:

    Cuentan  que un niño entró  un  día en el estudio de un escultor, y vio un gigantesco  bloque  de  piedra.  Dos meses después, al regresar al taller de su vecino, en lugar de aquella mole de piedra, encontró una hermosa escultura ecuestre. Sorprendido  como estaba le preguntó al escultor:  ¿ y cómo sabías tu que dentro de aquel bloque había  un  caballo?  

    La  frase  del  pequeño era bastante más que una gracia  infantil. El  escultor  no trabajó añadiendo trozos de caballo al bloque de piedra, sino liberando a la piedra de todo lo que le  impedía mostrar  el  caballo  ideal que tenía en su interior.- El artista  supo  "ver"  dentro lo que nadie veía.- Ese fue su arte.-

 Otro tanto pasa con la educación. La palabra educar viene del latín educare, que quiere  decir  sacar  de  adentro. El talento  del educador no consiste en añadirle al niño las cosas que le faltan, sino en descubrir lo mejor que cada pequeño lleva dentro y  sacarlo a la luz. En realidad, se enseñe lo que se enseñe, aprenden aquello que hacen. Asimilan mejor las experiencias que les resultan más agradables y en las que más implicados se sienten. Ya lo decía el bueno de Kant hace de esto muchos años: lo que los alumnos aprenden en la escuela es a estar sentados.

Ni las características de este deporte, ni la inteligencia de las criaturas merecen una metodología más propia de un manual de instrucciones para uso del mueble electrodoméstico. ¿Queremos formar jugadores activos, ingeniosos, con inventiva propia, o un rebaño de niños que juegan al dictado? A nuestro modo de ver, esta que sigue es la mejor apuesta que podemos hacer para beneficio de los niños, de las niñas, y también del fútbol :

  • 1. Entrenamiento integrado. Aprenden a jugar al fútbol jugando en equipo. Se satisface así el interés de los pequeños por el juego, al tiempo que  se desarrollan las habilidades propias de este juego.
    El preparador propone situaciones de juego a la medida, parecidas a las que se dan en el fútbol –disponiendo para ello de balón, compañeros, adversarios y límites de espacio y tiempo– Problemas que deben resolver pensando y decidiendo por si mismos la mejor solución
  • 2. Planificación a largo plazo. Orientación por tareas. Retos atractivos, a la medida, utilizando una planificación adecuada, a largo plazo. El preparador debe guiarles en este proceso de descubrimiento transmitiendo ideas claras, proponiendo metas atractivas y equilibradas. Cada cosa a su tiempo. Ganar es superarse y tratar de mejorar Cuando se tiene las ideas claras y se juega con ganas, se gana de todas todas.
    Muchos no ven más allá del marcador y la clasificación, y eso de un domingo para otro, como si estuvieran especulando en el parqué de la Bolsa. Sabido es que esta es una actividad especulativa de alto riesgo y muy poco recomendable en la bolsa, pero no viene a cuento cuando se trata de personas, de niños. Cuando se sabe que el proceso de crecimiento y evolución de un jugador tiene una duración mayor y no es un proceso lineal sino con altibajos y que da muchas vueltas.
    Si se abusa de la autoridad y/o la sobreprotección para adelantar artificialmente su maduración, se incapacita a los jugadores para pensar por su cuenta. En lugar de jugar con ganas, estarán agarrotados. La obediencia debida en un régimen severo domestica a estos jugadores, que dejan de intentarlo por si mismos -evitan los problemas- y se estancan en su juego, acostumbrados a jugar teledirigidos por su entrenador. Todos por igual, como piezas fabricadas en serie.
    Igualmente, cuando se les mima en exceso –se les da todo hecho y no tienen que enfrentarse a ningún obstáculo– difícilmente van a crecer y superarse en un recorrido tan largo y esforzado como tienen por delante.
    Esta planificación huye de recetas estándar aplicables a todos sin más. Es un modelo basado en la observación del grupo, sus rasgos de juego, y en función de ellos, en la adopción de una serie de objetivos individuales y de grupo, así como los juegos y ejercicios precisos. Incluyendo también una evaluación de los resultados obtenidos en este proceso.
  • 3.Formación en valores. Tanto si el entrenador es consciente de ello como si no, siempre comunica y educa en valores. Por eso, y porque están en edad de aprender, es muy importante saber qué valores se transmiten. Además de pasarlo bien jugando porque sí, el fútbol es una excelente oportunidad para la promoción de comportamientos deportivos entre los pequeños. Su continuidad o el abandono definitivo de esta afición depende de que se sientan a gusto o no. Es claro que el fútbol puede nutrir a los escolares de experiencias y comportamientos deportivos que les ayuden a ser mejores personas.
    Adoptar continuamente soluciones basadas en el juego limpio contribuye a modelar un comportamiento generoso. El reconocimiento de su valía les hace sentirse mejor, con más confianza en sí mismos. Pero es grande la tentación de iniciarles en este deporte por la puerta falsa, tratando de sacar una dudosa ventaja –de un día para otro– por los medios que sean.
  • 4. Comunicación positiva. Últimamente se repite la importancia de la comunicación del entrenador con sus jugadores, pero quizá no somos del todo conscientes de que esta comunicación no sólo es importante, sino que la preparación del jugador descansa en tal premisa: si no hay comunicación, las posibilidades de aprendizaje son nulas. Es de creer lo que cuenta Van Basten: A mi juicio, si yo he tenido diez entrenadores, uno me enseñó algo, tres no me estropearon y seis intentaron joderme.  El Flaco Menotti consiguió sobrevivir en este ambiente hostil, pero lo hice a pesar de mis entrenadores.
    La alabanza como el castigo son estímulos –positivos en un caso, negativos en otro– que acentúan determinados comportamientos. La alabanza puede animarles y resultar estimulante. El castigo puede desanimarles, inhibiendo su actuación. Se entiende que alguien, a quien se reconocen méritos tanto como esfuerzos, gana confianza y se siente a gusto, al punto de que puede convertir ese afán de superación en un hábito, como sucede con aquellas acciones que dan tan buenos resultados. Y al revés, cuando se les menosprecia, o se les ponen objetivos que están fuera de su alcance, se desmoralizan y terminan acostumbrándose al fracaso. Si todo el rato se les insiste en los aspectos negativos, ellos mismos acabarán negándose a jugar.
  • 5. Entrenamiento de recursos psicológicos. Cada vez hay más presión desde las edades tempranas y, sin embargo, no se entrenan las destrezas necesarias para afrontar estas situaciones. Es claro que para jugar al fútbol lo mejor que uno sabe, y afrontar las tensiones de la competición, hay que empezar a prepararles con tiempo, desde abajo. Para los niños, el deporte es una de las primeras experiencias donde deben moverse en situaciones potenciales de alto voltaje. La influencia de las emociones en su propia confianza, en la capacidad de percepción de un entorno cambiante, y en su voluntad de actuar, es incontestable.
  • Un entrenamiento integral es una oportunidad excelente para fortalecer el carácter del grupo, a la vez que se humaniza la preparación de estos jugadores. Pero hay más: el desarrollo de  su inteligencia emocional les proporcionaría un repertorio de destrezas que, hoy por hoy, no tienen cabida en la enseñanza reglada, a pesar de que son tan extraordinariamente útiles en la práctica deportiva, como en la vida misma.

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 El Cuento de la Lechera

Salvando las iniciativas que se quiera y todo el voluntarismo que pone la inmensa mayoría en la tarea, deberíamos convenir en que la base sobre la que se asienta esta gigantesca Torre del Babel futbolística tiene la consistencia del Cuento de la Lechera. El modelo más extendido de clubes en el fútbol base es una olla a presión, pero los niños requieren más tiempo para su crecimiento y maduración. Sus métodos tampoco parecen los más idóneos para guiarles en una experiencia atractiva que dé continuidad a la práctica deportiva, saludable, y necesaria de todos los demás. Por el contrario, más bien parece un modelo poco eficiente y aún devastador en ambos supuestos.

A menudo se disculpa todo con argumentos tan peregrinos como aquel que sostiene que el fútbol es fútbol, lo que daría licencia para justificarlo todo sin necesidad de explicar nada. O cuando, en un alarde de pereza alarmante, se asegura que no hay nada que hacer para mejorar y ponerse al día, ni merece la pena intentarlo. O que es utópico, como si estuviéramos ante un fenómeno paranormal. Sin embargo, cada vez se acumulan más evidencias de lo contrario: de la necesidad urgente de hacer algo para evitar los riesgos de un modelo insostenible desde el punto de vista humano, deportivo, y aún económico. Es posible y necesario otro modelo para el fútbol base.

Es cosa de creer esta corrosión que afecta al fútbol de arriba abajo. Su explotación comercial ha disparado un negocio tan desproporcionado que los intereses económicos en disputa amenazan con arruinar los valores deportivos, embruteciendo la afición y desluciendo la misma práctica del juego. Se insiste tanto en que lo único importante es ganar como sea, escalar clasificaciones, y obtener resultados inmediatos, que se sacrifica y descuida todo lo demás, comprometiendo los fines confesados. Al final se convierte en una gigantesca maquinaria para la fabricación de ex deportistas.

Si no se trata bien a las chicas y a los chicos, si no se gana también en las demás capítulos deportivos –desde el juego limpio, la transparencia en la gestión, la formación, y la promoción de un modo de vida más activo y saludable– todo el tinglado se puede ir al garete. A fuerza de hinchar los presupuestos a conveniencia, tampoco cuadran las cuentas y los números rojos amenazan con pinchar esta gigantesca burbuja. A modo de ejemplo, hoy en la Liga de las estrellas, la deuda económica real asciende a 1625 millones de euros.

No es este un caso único del fútbol mundial. En Francia el fútbol ha vivido una edad de oro rubricada con el Campeonato del Mundo de 1998 y la Copa de Europa del 2000. Los derechos de transmisión por televisión pusieron los presupuestos por las nubes. Frederic Bolotny, economista del Centro de Derecho y Economía del Deporte de Limoges en Francia es autor de un libro que lleva por título Clubes de fútbol ¿qué modelo para el fútbol francés?.

Allí se advierte del riesgo de morir de éxito: las dimensiones de un negocio desorbitado que ha crecido sin límite ni concierto, ponen en riesgo todo el fútbol, de arriba abajo. El tout-businnes  amenaza la lógica deportiva: La baja en la recaudación coincide con un descenso en lo que se obtiene por los derechos de la televisión. Al instalarse en la lógica económica y olvidar la lógica deportiva, el fútbol marcha en dirección contraria a lo que se busca, se mata la gallina de los huevos de oro haciendo los partidos insípidos, lo que se refleja en la disminución de las entradas y  en el taquillaje.

Por todo ello, convendréis conmigo en que el panorama no resulta ni tan divertido ni tan competitivo como lo pintan Tanto los niños como las asociaciones deportivas, los monitores voluntarios, y todos, nos merecemos lo mejor de este maravilloso juego. En lugar de jugar con ellos, deberíamos animarles a jugar y a que disfruten del juego, tal y como suelen hacerlo fuera del campeonato, cuando tienen la oportunidad en los partidillos de entrenamiento

 

Gotzon Toral Madariaga, 14 de julio de 2003

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