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| Desarrollo del Talento y Disfrute del Juego |
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por Gotzon Toral (Esp) < cyptomag@lg.ehu.es > |
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Disfrute y depresión del fútbol La temporada pasada todo el mundo se hacía lenguas del sorprendente éxito de la Real Sociedad. Aunque el discreto Denoueix no se prodiga en declaraciones, al final confió la fórmula de su pócima mágica. Este es el revulsivo utilizado para sacar a su equipo de la amenaza del descenso, llevándolo más allá de las estrellas del Real Madrid: Nuestro fin no es el éxito, sino perseguir el placer por el juego Así se las gasta el druida galo y a fe que ha conseguido transformar un equipo a la deriva en un conjunto campeón. Y todo de un día para otro, de una temporada a la siguiente. Al periodista aquello le pareció una extravagancia y puso sus declaraciones en cuarentena: Los mensajes de Raynald a los jugadores parecen clases metafísicas. Verdad es que suena un poco grandilocuente –maltratado, a buen seguro, por una traducción que no le hace justicia– pero, si bien se mira, este nuevo credo, más propio de un monje zen que del entrenador al uso, tiene la virtud de poner el fútbol en su sitio, apartándose de la presión ambiental y devolviendo al juego lo que es suyo: Disfrutar jugando, o dicho a la manera del francés: Se faire plaisir et faire plaisir. Acostumbrados al discurso más orgánico que se estilaba aquí –tener lo que hay que tener, pelear a muerte y otras lindezas con denominación de origen– el desafío de Raynald Denoueix puede sonar a chino, pero cada vez se escucha con más fuerza el mismo o parecido reclamo. Hay expresiones que resumen el espíritu de una época, y esta da cuenta del hedonismo de nuestras sociedades posmodernas, a la vez que sirve de terapia para sobrevivir en esta hoguera de las vanidades. Los deportes olímpicos de invierno –de carácter individual y sin el peso de una recia tradición exclusivamente masculina– han avanzado más en la preparación de los deportistas. En las pistas de nieve se difundió, a principios del pasado año, la nueva doctrina a la que se encomienda la élite del deporte mundial, como quien se agarra a un clavo ardiendo. En Salt Lake City, los medallistas de los Juegos de Invierno proclamaban con júbilo el placer que experimentaban haciendo lo que más les gusta. Ya no buscan sólo superar sus propios límites. Lo primero que quieren es sentirse a gusto. El resto, la victoria, vendrá por añadidura decía el cronista del diario francés Le Monde. Esta filosofía minimalista ha prendido con sorprendente rapidez, a pesar de la desmesura en que viven las estrellas del deporte. O quizá precisamente por ello, como bálsamo para apaciguar un ambiente tan estresado que, de tanta especulación financiera y futbolística, estaba olvidando el factor humano que está en juego. Por aquellas mismas fechas comencé a coleccionar entrevistas con estos superhéroes del deporte que, curiosamente, empleaban el mismo o parecido juramento:
Son demasiadas coincidencias para despachar este auténtico clamor como si fuera una moda pasajera. Los ecos de la nueva mentalidad desbordan el marco de la alta competición deportiva, convirtiéndose en llave maestra para la gestión y optimización de recursos humanos en las empresas más competitivas de todo el mundo. Así en Oriente como en Occidente. Un actor consagrado de la talla de Al Pacino, explicaba el complicadísimo reto –por momentos angustioso– que supone para una estrella del espectáculo afrontar constantemente nuevos retos y brillar siempre a la altura que de él se espera: Todo es un reto de una clase u otra. Es un reto levantarse, dejar a una familia atrás e ir a distintas partes del mundo, y hacer una película e intentar que determinados personajes cobren vida. Eso sigue siendo un reto. Es eso, el esfuerzo. Si uno se emociona con algo, las cosas suelen resultar un poco más fáciles. Si uno se entusiasma, las cosas empiezan a encajar. Pero lo difícil es encontrar el entusiasmo, ese es el reto. La Búsqueda de la Excelencia : una Experiencia de Flujo La raiz griega de la palabra entusiasmo significa la divinidad dentro de ti. Aristóteles llamó Eudaimonía al secreto de la vida buena, consistente en descubrir lo que más te gusta y aplicarse a ello para ser feliz y dar lo mejor de sí. Howard Gardner, autor de la Teoría de las inteligencias múltiples, ha estudiado la especial aleación de la que están hechos los talentos más sobresalientes en distintas profesiones. Son gente muy diferente, pero tienen una cosa en común: además de una indudable destreza en su oficio, todos aman profundamente lo que hacen. De esta manera pueden expresar lo mejor de sí y a ello se dedican en cuerpo y alma, con excepcional armonía y verdadero deleite. Gardner cuenta que no les mueve la fama, el éxito o el afán de riqueza, sino la oportunidad de disfrutar haciendo lo que más les gusta. Otro psicólogo social, M. Csikszentmihalyi ha acuñado el concepto de experiencia de flujo para referirse a esta vivencia placentera que llega a sentir quien acepta de buen grado un reto atractivo y equilibrado, es decir, ni angustioso porque está fuera de su alcance, ni tan repetitivo que llega a ser aburrido. Fluir es dejarse llevar mientras uno está absorbido en lo que más le gusta, afrontando un desafío muy apetecible, con las ideas claras, y los cinco sentidos puestos en la tarea. Excitado por los riesgos que conlleva este reto, el individuo talentoso se mueve con extraordinaria soltura, haciendo fácil lo que resulta más que difícil a los demás. Sin este intenso aprecio por la tarea, la experiencia deja de ser placentera y los resultados son desiguales. Pasa lo mismo con el apetito y la comida: sin apetito no se disfruta de los mejores manjares. Pero cuando la cabeza y el corazón están en sintonía, y las habilidades están a la altura del desafío, entonces todo marcha a las mil maravillas. Saber, querer y poder caminan juntos, en armonía, convirtiéndose en el mejor combustible a disposición del ser humano para sacar lo mejor de sí Cuando se ven las cosas de esta manera, se descubre una extraordinaria vía de escape para liberarse de la presión cada vez mayor que afecta a toda actividad profesional, especialmente en el más alto nivel competitivo. Esta presión sostenida e incontrolada, así como el esfuerzo físico y mental sobrehumano que se exige para ganar como sea, puede obsesionar al más pintado, alejándole de sus mejores aspiraciones, y empujándole a un círculo vicioso que puede llevar a la depresión. También sucede en el deporte: El exceso de presión origina la depresión del fútbol. Marcelo Roffé lo explica en un libro reciente del mismo título. Los profesionales se la juegan un día sí y otro también. Encadenar tres resultados negativos puede ser la distancia que separa el cielo del infierno, y acaban paralizados por lo que se les viene encima. En un ambiente cada vez más eléctrico, todo se dispone para no perder en el campo y, con tanta ansiedad, se pierde la alegría necesaria en el juego. Cuando sólo parece importar el éxito inmediato y todo vale para ganar, se sacrifica la lógica deportiva y el placer de jugar, de manera que los jugadores tienen que cambiar el chip. La relación con el equipo es cada vez más frágil y se devalúa reduciéndose al interés puramente económico. Se les mete prisas por todas partes y se hacen más impacientes. Mudan de club y de proyecto deportivo con facilidad, disolviendo los lazos afectivos que producían antes una fuerte identificación del grupo. Su compromiso se debilita, están a otra cosa y pueden perderse en vericuetos que poco tienen que ver con el juego. Que nadie entienda la experiencia de flujo, disfrutar jugando, como si fuera una licencia inaceptable para la alta competición. Por el contrario, esta experiencia absorbente exige total entrega y dedicación a los retos planteados, habiendo demostrado su eficacia para rendir al máximo en un entorno hipercompetitivo. En lugar de meterles el miedo en el cuerpo y angustiarles con mensajes paralizantes, se les pide total concentración en lo mejor que ellos saben, quieren y pueden hacer para que así desempeñen su tarea de la mejor forma posible. Parafraseando a Juan Cueto, tal y como se han puesto las cosas no hay otra: o echar mano de esa extraordinaria reserva de motivación interna, o acudir a la farmacopea. Denoueix no les dice a los jugadores que disfruten sin más: sus palabras favoritas son también estabilidad, disciplina, esfuerzo y constancia. Si no se vuelcan en el juego, si pierden el atrevimiento, no pueden estar a tope. David Goleman tampoco se anda con rodeos: El estrés estupidiza a la gente. Y eso es lo último que se espera de un jugador que debe improvisar rápidamente soluciones a las situaciones imprevistas que se le plantean. Pero veamos los demás nutrientes que favorecen el desarrollo del talento en el deporte y en cualquier ámbito de la actividad humana:
Pues bien, hace apenas un año publicábamos en la revista Gure Sport un artículo sobre el fútbol base que titulamos El mundo al revés: mientras se pide a los adultos que disfruten como niños para ser campeones, a los niños se les exigen sacrificios propios de los adultos como si les fuera la vida en ello. Supuestamente para ser más competitivos. Todo el estrés que la elite del deporte profesional quiere sacudirse de encima para recuperar la armonía necesaria, amenaza ahora a los niños desde bien pequeños. En lugar de ayudarles a descubrir los secretos de este juego como si de una maravillosa aventura se tratara, se les aplica una especie de tercer grado, repitiendo mil y una rutinas, paralizándoles con mensajes intimidatorios. Un contexto disuasorio para el desarrollo del talento que parece perseguir más bien el objetivo contrario: la inhibición o la expulsión del talento del fútbol base. La Conjura de los Necios. Es de creer que se ha desatado una auténtica conspiración organizada desde la más tierna infancia para jugar con los niños e impedirles que jueguen, disfruten, y aprendan. Y no hay atajos para que crezcan, maduren en todos los sentidos, y descubran lo mejor de sí. Cruyff también ha advertido acerca de este disparate: Es importante tener entrenadores que contagien la alegría y el amor al arte, no los aspectos menos agradecidos y sacrificados del juego, sino su lado más luminoso y estimulante. Sin embargo, el objetivo parece que fuera otro bien distinto cuando, por medios tan insensatos, se busca acelerar la puesta a punto de estas criaturas:
Es evidente la torpeza de un sistema supuestamente formativo, es decir, con las miras necesariamente puestas en el largo plazo que, sin embargo, reclama beneficios inmediatos para que todos los intermediarios puedan redondear con éxito su cuenta de resultados. El medio se convierte en un fin en sí mismo. Así las cosas, en lugar de darles confianza y animarles para que improvisen distintas soluciones, les cortan las alas. La estructura del fútbol base enloquecida por las prisas, no parece el espacio idóneo para comunicar sus metas y alimentar la ilusión del menor :
Tanto estrés desanima a cualquiera, y es impresentable en las edades tempranas. En lugar de ayudarles, se puede torcer su ritmo natural de aprendizaje, hecho a partes iguales de tiempo, diversión, esfuerzo y una adecuada orientación. Este régimen de comida rápida acelera el desarrollo de manera artificiosa, pero en lugar de ponerles las pilas termina por fatigarles y expulsarles del deporte. No parece un menú equilibrado :
Quizá haya que aplicar una ducha escocesa en los vestuarios y fuera de ellos para insistir en lo que es obvio: se aprende más fácil, de manera más eficaz, cuando se alcanza el nivel de madurez adecuado para el reto que se plantea. Siendo esto así, cabe preguntarse por qué se hace oídos sordos, insistiendo contra toda evidencia en el mismo cuello de botella que conduce a la impaciencia, la ansiedad y el desánimo. Y donde el talento excepcional sólo puede crecer a trompicones y muy a su pesar:
Una Formación Integral de Calidad Muchos entrenadores se obsesionan con lo que enseñan, ignorando lo que realmente aprenden los jugadores. Así pierden de vista el objetivo principal: que aprendan por su cuenta más y mejor. Así lo cuenta Dany Ramos, entrenador argentino y trabajador infatigable del juego en el fútbol base del Calcio: Cuentan que un niño entró un día en el estudio de un escultor, y vio un gigantesco bloque de piedra. Dos meses después, al regresar al taller de su vecino, en lugar de aquella mole de piedra, encontró una hermosa escultura ecuestre. Sorprendido como estaba le preguntó al escultor: ¿ y cómo sabías tu que dentro de aquel bloque había un caballo? La frase del pequeño era bastante más que una gracia infantil. El escultor no trabajó añadiendo trozos de caballo al bloque de piedra, sino liberando a la piedra de todo lo que le impedía mostrar el caballo ideal que tenía en su interior.- El artista supo "ver" dentro lo que nadie veía.- Ese fue su arte.- Otro tanto pasa con la educación. La palabra educar viene del latín educare, que quiere decir sacar de adentro. El talento del educador no consiste en añadirle al niño las cosas que le faltan, sino en descubrir lo mejor que cada pequeño lleva dentro y sacarlo a la luz. En realidad, se enseñe lo que se enseñe, aprenden aquello que hacen. Asimilan mejor las experiencias que les resultan más agradables y en las que más implicados se sienten. Ya lo decía el bueno de Kant hace de esto muchos años: lo que los alumnos aprenden en la escuela es a estar sentados. Ni las características de este deporte, ni la inteligencia de las criaturas merecen una metodología más propia de un manual de instrucciones para uso del mueble electrodoméstico. ¿Queremos formar jugadores activos, ingeniosos, con inventiva propia, o un rebaño de niños que juegan al dictado? A nuestro modo de ver, esta que sigue es la mejor apuesta que podemos hacer para beneficio de los niños, de las niñas, y también del fútbol :
El Cuento de la Lechera Salvando las iniciativas que se quiera y todo el voluntarismo que pone la inmensa mayoría en la tarea, deberíamos convenir en que la base sobre la que se asienta esta gigantesca Torre del Babel futbolística tiene la consistencia del Cuento de la Lechera. El modelo más extendido de clubes en el fútbol base es una olla a presión, pero los niños requieren más tiempo para su crecimiento y maduración. Sus métodos tampoco parecen los más idóneos para guiarles en una experiencia atractiva que dé continuidad a la práctica deportiva, saludable, y necesaria de todos los demás. Por el contrario, más bien parece un modelo poco eficiente y aún devastador en ambos supuestos. A menudo se disculpa todo con argumentos tan peregrinos como aquel que sostiene que el fútbol es fútbol, lo que daría licencia para justificarlo todo sin necesidad de explicar nada. O cuando, en un alarde de pereza alarmante, se asegura que no hay nada que hacer para mejorar y ponerse al día, ni merece la pena intentarlo. O que es utópico, como si estuviéramos ante un fenómeno paranormal. Sin embargo, cada vez se acumulan más evidencias de lo contrario: de la necesidad urgente de hacer algo para evitar los riesgos de un modelo insostenible desde el punto de vista humano, deportivo, y aún económico. Es posible y necesario otro modelo para el fútbol base. Es cosa de creer esta corrosión que afecta al fútbol de arriba abajo. Su explotación comercial ha disparado un negocio tan desproporcionado que los intereses económicos en disputa amenazan con arruinar los valores deportivos, embruteciendo la afición y desluciendo la misma práctica del juego. Se insiste tanto en que lo único importante es ganar como sea, escalar clasificaciones, y obtener resultados inmediatos, que se sacrifica y descuida todo lo demás, comprometiendo los fines confesados. Al final se convierte en una gigantesca maquinaria para la fabricación de ex deportistas. Si no se trata bien a las chicas y a los chicos, si no se gana también en las demás capítulos deportivos –desde el juego limpio, la transparencia en la gestión, la formación, y la promoción de un modo de vida más activo y saludable– todo el tinglado se puede ir al garete. A fuerza de hinchar los presupuestos a conveniencia, tampoco cuadran las cuentas y los números rojos amenazan con pinchar esta gigantesca burbuja. A modo de ejemplo, hoy en la Liga de las estrellas, la deuda económica real asciende a 1625 millones de euros. No es este un caso único del fútbol mundial. En Francia el fútbol ha vivido una edad de oro rubricada con el Campeonato del Mundo de 1998 y la Copa de Europa del 2000. Los derechos de transmisión por televisión pusieron los presupuestos por las nubes. Frederic Bolotny, economista del Centro de Derecho y Economía del Deporte de Limoges en Francia es autor de un libro que lleva por título Clubes de fútbol ¿qué modelo para el fútbol francés?. Allí se advierte del riesgo de morir de éxito: las dimensiones de un negocio desorbitado que ha crecido sin límite ni concierto, ponen en riesgo todo el fútbol, de arriba abajo. El tout-businnes amenaza la lógica deportiva: La baja en la recaudación coincide con un descenso en lo que se obtiene por los derechos de la televisión. Al instalarse en la lógica económica y olvidar la lógica deportiva, el fútbol marcha en dirección contraria a lo que se busca, se mata la gallina de los huevos de oro haciendo los partidos insípidos, lo que se refleja en la disminución de las entradas y en el taquillaje. Por todo ello, convendréis conmigo en que el panorama no resulta ni tan divertido ni tan competitivo como lo pintan Tanto los niños como las asociaciones deportivas, los monitores voluntarios, y todos, nos merecemos lo mejor de este maravilloso juego. En lugar de jugar con ellos, deberíamos animarles a jugar y a que disfruten del juego, tal y como suelen hacerlo fuera del campeonato, cuando tienen la oportunidad en los partidillos de entrenamiento
Gotzon Toral Madariaga, 14 de julio de 2003 |
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